Ella se dejaba seducir por aquella voz, bailando sueños.
Él se desnudaba en palabras que mantenían el calor de su danza, sólo para contemplar los movimientos que le regalaban.
Ella arqueaba su espalda, cerrando los ojos, entregando su alma a aquella música.
Él la respiraba, tocaba sus labios entreabiertos, y seguía susurrándole vida.
Ella deshacía su corporeidad, se transformaba en latidos, en pulsos vibrantes de sí misma.
Él capturaba su esencia, acariciaba las huellas aún tibias de la estancia compartida, la perseguía sin alcanzarla, extendiendo los dedos hacia el deseo voraz.
Ella le miró a los ojos, se acurrucó en su piel y se durmió en su pecho.
Él la besó en la sien, suspiró profundamente y guardó sus sueños.
Pasó la tarde, y ambos despertaron con una idea en la mente.
Ella le llamó amor.
Él aún busca un nombre que le ayude a recordarla.
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1 comentario:
Triste... si para recordarla necesita un nombre, en lugar de evocar su nombre cuando la piensa.
La realidad, siempre tan difusa según quien la contempla, los sueños, siempre tan etéreos, los hombres... siempre tan prácticos.
Precioso texto, Alejandría. No quería irme a dormir sin venir a respirarte.
Un beso.
C.
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