Desde aquí puedo ver retales de sueños que danzan en el viento. Puedo sentir la tibieza de unas sábanas que envuelven momentos latentes, esperando tantos años florecer.
Si me alzo de puntillas, incluso puedo ver un horizonte, allá, a lo lejos. Desde aquí puedo dejarme caer al infinito, incluso desplegar mis alas y volar...
¿Quién decide el momento justo del despegue?
La escalada es dura, pero desde aquí, puedo ver navíos pequeñitos, casi caben entre mis dedos, puedo soplar unas velas diminutas y llevarlos a casa a descansar.
¿Quién espera el retorno de un náufrago en mi mar?
El fuego calienta el azul de un espacio en que mirarme. Poco a poco, su llama desciende la intensidad hasta evaporarse en colores violáceos.
Ha llegado el momento, con la potencia de un volcán, una ráfaga de luz sube conmigo, es el faro que nos avisa de que es hora de volver, porque pronto, una luna cristal competirá en belleza con la noche.
Y yo aún estoy cegada por el sol rojo de sangre, anatema de los dioses, que nunca antes quiso amanecer para mi.
¿Por qué hacerlo ahora?
Un destino se está trazando en la espuma de este mar que me lame las entrañas.
Estaré esperando despertar.
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